viernes, 31 de mayo de 2013

La creencia: fuente de la revolución

La creencia es una semilla muy poderosa y en tanto se tenga conciencia de ello, se tornará un agente de cambio dentro de un torrencial de eventos que acontecen cada instante, y no, como se le ha querido interpretar, un trillado complemento del destino.
Hace no mucho tiempo, quizá febrero o marzo del falso calendario, el gregoriano, escuchaba el ritmo de un tambor que cimbra el espacio, mezclado con la voz de una intérprete excepcional. Esta banda se presenta en los escenarios combativos de Chiapas como ‘Somos otro tú’, durante las noches de expansión ideológica. Pocos lugares realmente sirven de reunión para articular la organización social, en los que convergen personas de nacionalidad diversa pero de visión similar: los mueve la resistencia al control. Aquella vez, al interior de un bar (pero no cualquiera), el concierto fue por demás inspirador.
La única frase que recuerdo en todo aquel recital, la letra que cimbró todas mis cavilaciones del momento, es: “yo fui a la revolución” (http://www.youtube.com/watch?v=QLao8JZJbWU), de una conocida rola para quienes acostumbran, en cualquiera de sus géneros, envolverse por las canciones de protesta. Creí en esas palabras entonces y creo en ellas ahora.
Y es que la creencia tiene la capacidad de ser en sí misma. Es debido a ella que se van sucediendo una cantidad de acontecimientos a nuestro alrededor. Si yo creo, por ejemplo, en el matrimonio, es casi un hecho que terminaré casado; si creo en la desdicha, habrá etapas lúgubres que caerán sobre mí. Ahora bien, si creo en los gobiernos, terminaré subyugado a quienes dominan tales plataformas; si creo en las sombras, podré visualizarlas constantemente; y si creo en mí, permanentemente haré lo que deseo (no como el hecho de cubrir una simple necesidad, sino como la realización de lo que el espíritu encamina).
No bien terminaba el periodo de los Beatles, en el umbral de los setenta, cuando John Lennon exploraba otros senderos y dejaba de creer en todo, excepto en él. Este hombre dejó de creer en Hitler, en I ching, en buda, en Elvis, en los reyes, en la biblia, en el tarot e incluso en la propia mítica banda. De ello surgió esa ventana llamada “God”. Acertaba diciendo que dios no era más que un concepto por el cual medimos nuestro dolor. Este beatle, en cambio, jamás dejó de creer en sí mismo. Pero, ¿se tornó incrédulo?
El hombre al que conocimos como John Lennon, dejó de depositar el poder (como la capacidad de realizar una acción) fuera de él y la concentró en su interior. Algunos pudieran pensar que dentro de esas estrofas se derrama soberbia. En fin, cada quien coloca las cosas según se le presentan. Sin embargo, él dejó claro el nivel de conciencia que había adquirido para entonces y por lo cual resulta por demás explicable (que no justificada), la intervención de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), en su desaparición física, una de tantas organizaciones diseñadas para exterminar una parte de la humanidad.
La creencia es pues, un factor fundamental en la interpretación del mundo que nos circunda. Y ésta puede tener o no un trazo de fronteras, según el grado de adaptación al sistema que se pretende implantar en cada rincón del ser humano: el miedo.
Es por demás sabido que previo a su fusilamiento, Ernesto ‘Che’ Guevara se puso en pie estando herido, miró de frente al ejecutor y cayó sin miedo. Nuevamente, había intervenido la CIA.
Así como el Che, Hugo Chávez también tuvo una férrea creencia sobre la emancipación no sólo de un pueblo, en su caso el de Venezuela, sino de toda la humanidad. El pensamiento viviente de Simón Bolívar impregnó la conciencia de Chávez, cuya simbiosis creó vida. Hugo Chávez creyó, primero, que era posible terminar con el dominio que mantenían los opresores, quienes en ese momento tenían el control del Estado en sus manos.
Su creencia fue tal, que pronto pasó a la acción. Un golpe de Estado fallido y el triunfo en las elecciones, llevó a Chávez a terminar con el yugo de ‘unos sobre el resto’ y dio entrada a la organización colectiva, una suerte de poder popular.
La revolución bolivariana (con rostro de socialismo), hoy en pleno curso, comenzó como una semilla entendida como creencia. Según lo establecido por Marx, este proceso camina la vereda hacia el comunismo, aunque para ello hace falta aún terminar con el libre mercado. Será un proceso largo ya iniciado.
Esto es tal vez lo que hizo falta decir a Hugo Chávez y es lo que hace falta decir a su sucesor Nicolás Maduro: las estructuras de gobierno jerarquizadas se encuentran en pleno desvanecimiento. La creencia es, esencialmente, el preámbulo de la transformación.
Pero, ¿por qué atravesamos por momentos complicados, no sólo como especie, sino como parte de un todo? La respuesta no es sencilla cuando existen de por medio distintos enfoques. Uno de ellos es, sin duda, la creencia. Creer en cómo es posible que hoy día siga existiendo la pobreza, el hambre, la desigualdad social, la opresión, la exclusión, el aniquilamiento, es permitir que estas “fallas” se sostengan en el tiempo. Creer en una desventaja entre unos (las inmensas minorías) y otros es perpetuar tales errores del sistema. Finalmente, dicen, creer es crear.

Entonces miro que a diario ‘voy a la revolución’. Y lo hemos estado haciendo quizá desde hace muchos años, sin pretender comprenderlo. El pensamiento más sutil tiene forma y es aquella en la que creemos de cómo debe (o debería) ser nuestro exterior.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Nos celebramos todos


La primera frase que se atravesó este día al plantarme frente a ese tsunami de palabras que navegan por la red fue la siguiente: “Los obreros no tienen hambre de pan, sino de respeto”. Mientras un hombre y su círculo como Peña Nieto y el PRI se empecinan en “dirigir” a todo un país “moviendo a México cueste lo que cueste”, allá por las veredas que se tiñen de autonomía, continúa la firme lucha de los trabajadores.
Estados como Guerrero, Chiapas, Michoacán y Oaxaca, están dando cátedra de la reivindicación del trabajo y la resistencia social. Marchas por la dignidad. Y su lucha no es aislada. El pueblo se está articulando para desprenderse del control y la “dirigencia” que somete a este país.
Manifestaciones por todo el orbe: en Colombia, Chile y España han sido reprimidas. Inclusive en Suiza se marchó: sindicatos que exigen ese respeto a los trabajadores.
Por supuesto que las grandes fábricas de la información en México y alrededor del mundo no gustan de los intelectuales que analizan profundamente los acontecimientos recientes (que se generan desde hace años). No encuadran, si siquiera, a los propios protagonistas de este país: el pueblo.
Enrique Peña Nieto y su círculo, en cambio, ostentaron su propio festejo del primero de mayo por “el día del trabajo”. Allí están conmemorando, en un escueto foro recubierto por centenares de policías, dispuestos a matar si alguien osa en oponerse. Allí se encuentran, encerrados los de cuello blanco, de espaldas a la sociedad.  Allí están, empresarios, pseudo dirigentes, políticos, todos ellos con palabras impecables a manera de alfombra roja para un hombre impuesto en la silla real.
Pero se equivocan. Ninguno de ellos habla a los trabajadores de México, sino a las cámaras que pronto se multiplicarán en una especie de noticia trillada.
¿Cuántas veces hemos escuchado las palabras de papel que entonan estos hombres? Al menos en México, porque no cabe duda que en países del cono sur se vive una transformación que busca la dignidad no sólo de los trabajadores, sino del ser humano. Allá, en Suramérica, también hace falta sudar mucho en materia de trabajo, sin duda alguna; sin embargo, hace poco más de una década, países como Venezuela, Ecuador, Argentina, Brasil, Bolivia o Uruguay, vieron en el trato digno e inclusivo, la llave a la nueva era de la humanidad: la autonomía.
Pero no es así en México. Qué tan lejos estamos de los trabajadores y tan cerca de Estados Unidos, ese país que asesinó a un grupo de dirigentes obreros de Haymarket para callar su protesta: una digna causa. Aunque la estrategia no funcionó del todo para los asesinos, puesto que hoy, como cada año desde 1889, gracias al Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional Comunista de París,  se celebra a cada trabajador que tiene este planeta, el sostén de cualquier economía.
Cada uno de nosotros, cada ser humano que contempla en el bien común la forma en que se teje la fraternidad, celebramos a los trabajadores, nos celebramos a nosotros mismos y celebramos la vida en torno a las resistencias que se llevan a cabo a lo largo y ancho del mundo.
Ya lo dijo Eduardo Galeano: en tiempos de neoliberalismo, la actividad más peligrosa del ser humano es el trabajo. Así que pensemos: reivindicar las conquistas logradas hace más de dos siglos por las luchas obreras.